Misal Romano (tercera edición) - Jueves Santo: Misa Crismal

PROPIO DEL TIEMPO: SEMANA SANTA

JUEVES SANTO


1. Según una antiquísima tradición, en este día se prohíben todas las misas sin participación del pueblo.

Misa Crismal

2. El obispo ha de ser tenido como el gran sacerdote de su grey, del cual se deriva y depende, en cierto modo, la vida de sus fieles en Cristo.

La misa crismal que concelebra el obispo con su presbiterio ha de ser como una manifestación de la comunión de los presbíteros con él; conviene, pues, que todos los presbíteros, en cuanto sea posible, participen en ella y comulguen bajo las dos especies. Para significar la unidad del presbiterio diocesano, conviene que los presbíteros, procedentes de las diversas zonas de la diócesis, concelebren con el obispo.

La liturgia cristiana recoge el uso del Antiguo Testamento, en el que eran ungidos con el óleo de la consagración los reyes, sacerdotes y profetas, ya que ellos prefiguraban a Cristo, cuyo nombre significa «el Ungido del Señor».

Con el santo crisma consagrado por el obispo, se ungen los nuevos bautizados y los confirmados son sellados, se ungen las manos de los presbíteros, la cabeza de los obispos y la iglesia y el altar en su dedicación. Con el óleo de los catecúmenos, estos se preparan y se disponen al bautismo. Con el óleo de los enfermos, estos reciben alivio en su enfermedad.

Del mismo modo se significa con el santo crisma que los cristianos, injertados por el bautismo en el Misterio pascual de Cristo, han muerto, han sido sepultados y resucitados con él, participando de su sacerdocio real y profético, y recibiendo por la confirmación la unción espiritual del Espíritu Santo que se les da.

Con el óleo de los catecúmenos se extiende el efecto de los exorcismos, pues los bautizados reciben la fuerza para que puedan renunciar al diablo y al pecado, antes de que se acerquen y renazcan de la fuente de la vida.

El óleo de los enfermos, cuyo uso atestigua Santiago, remedia las dolencias de alma y cuerpo de los enfermos, para que puedan soportar y vencer con fortaleza el mal y conseguir el perdón de los pecados.

La bendición del óleo de los enfermos y del óleo de los catecúmenos, así como la consagración del crisma, ordinariamente se hacen por el obispo el día de Jueves Santo, en la misa propia que se celebra por la mañana, siguiendo el orden establecido en el Pontifical Romano.

3. Pero si el clero y el pueblo tienen dificultad para reunirse con el obispo en este día, la misa crismal se puede anticipar a otro día, pero cercano a la Pascua.

4. La materia apta del sacramento es el óleo de las olivas u, oportunamente, otro aceite vegetal.

El crisma se confecciona con óleo y aromas o esencias aromáticas.

El obispo puede preparar el crisma privadamente antes de la celebración o bien dentro de la misma acción litúrgica.

La consagración del crisma es de competencia exclusiva del obispo.

El óleo de los catecúmenos es bendecido por el obispo, juntamente con los otros óleos, en la misa crismal.

Sin embargo, la facultad de bendecir el óleo de los catecúmenos se concede a los sacerdotes, cuando en el bautismo de adultos deben hacer la unción en la correspondiente etapa del catecumenado.

El óleo para la unción de los enfermos debe estar bendecido por el obispo o por un sacerdote que por derecho propio o por peculiar concesión de la Santa Sede goce de esta facultad.

Por derecho propio pueden bendecir el óleo de los enfermos:

     a) El que, por derecho, se equipara al obispo diocesano.

     b) Cualquier sacerdote, en caso de verdadera necesidad.

5. Según la costumbre tradicional de la liturgia latina, la bendición del óleo de los enfermos se hace antes de finalizar la plegaria eucarística, mientras que la bendición del óleo de los catecúmenos y la consagración del crisma se hacen después de la comunión.

Pero por razones pastorales, está permitido hacer todo el rito de bendición después de la liturgia de la Palabra, observando el orden que se describe más adelante. La preparación del obispo, de los concelebrantes y demás ministros, su entrada en la iglesia y todo lo que hacen desde el comienzo de la misa hasta el final de la liturgia de la Palabra, se realiza como en la misa estacional. Los diáconos que toman parte en la bendición de los óleos, se dirigen al altar delante de los presbíteros concelebrantes.

En esta misa no se dice Credo.

La oración de los fieles, que tiene formulario propio, está unida a la renovación de las promesas sacerdotales.

Quienes comulgan en esta misa pueden volver a comulgar en la misa vespertina.

Cosas que hay que preparar

Para la bendición de los óleos, además de lo necesario para celebración de la misa estacional, prepárese lo siguiente:

En la sacristía o en otro lugar apto:

     — las vasijas de los óleos;

     — aromas para la confección del crisma, si el obispo quiere hacer la mezcla en la misma acción litúrgica;

     — pan, vino y agua para la misa, que son llevados juntamente con los óleos antes de la preparación de los dones.

En el presbiterio:

     — una mesa para colocar las ánforas de los óleos, dispuesta de tal manera que los fieles puedan ver y participar bien en toda la acción litúrgica;

     — la sede para el obispo, si la bendición se hace ante el altar.

CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA

Ritos iniciales y liturgia de la palabra

6. Antífona de entrada           Cf. Flp 2, 10. 8. 11
Jesucristo nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre. A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.

Se dice Gloria.

7. Oración colecta
OH, Dios, que por la unción del Espíritu Santo
constituiste a tu Hijo Mesías y Señor,
concede, propicio,
a quienes hiciste partícipes de su consagración,
ser testigos de la redención en el mundo.
Por nuestro Señor Jesucristo.

8. Una vez proclamado el Evangelio, el obispo pronuncia la homilía, en la cual, a partir del texto de las lecturas de la liturgia de la Palabra, instruye al pueblo sobre la unción sacerdotal, exhorta a los presbíteros a conservar la fidelidad a su ministerio y les invita a renovar públicamente sus promesas sacerdotales.

Renovación de las promesas sacerdotales

9. Acabada la homilía, el obispo dialoga con los presbíteros con estas o semejantes palabras:

Obispo:

Hijos amadísimos: En esta conmemoración anual del día en que Cristo confirió su sacerdocio a los apóstoles y a nosotros, ¿queréis renovar las promesas que hicisteis un día ante vuestro obispo y ante el pueblo santo de Dios?

Los presbíteros, conjuntamente, responden a la vez:

Sí, quiero.

Obispo:

¿Queréis uniros más fuertemente a Cristo y configuraros con él, renunciando a vosotros mismos y reafirmando la promesa de cumplir los sagrados deberes que, por amor a Cristo, aceptasteis gozosos el día de vuestra ordenación para el servicio de la Iglesia?

Presbíteros:

Sí, quiero.

Obispo:

¿Deseáis permanecer como fieles dispensadores de los misterios de Dios en la celebración eucarística y en las demás acciones litúrgicas, y desempeñar fielmente el ministerio de la predicación como seguidores de Cristo, cabeza y pastor, sin pretender los bienes temporales, sino movidos únicamente por el celo de las almas?

Presbíteros:

Sí, quiero.

Seguidamente, dirigiéndose al pueblo, el obispo prosigue:

Y ahora vosotros, hijos muy queridos, orad por vuestros presbíteros, para que el Señor derrame abundantemente sobre ellos sus bendiciones; que sean ministros fieles de Cristo Sumo Sacerdote, y os conduzcan a él, única fuente de salvación.

Pueblo:

Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.

Obispo:

Y rezad también por mí, para que sea fiel al ministerio apostólico confiado a mi humilde persona y sea imagen, cada vez más viva y perfecta, de Cristo sacerdote, buen pastor, maestro y siervo de todos.

Pueblo:

Cristo, óyenos. Cristo, escúchanos.

Obispo:

El Señor nos guarde en su caridad y nos conduzca a todos, pastores y grey, a la vida eterna.

Todos:

Amén.

10. No se dice Credo.

Liturgia eucarística

11. Oración sobre las ofrendas
TE pedimos, Señor,
que la eficacia de este sacrificio
nos purifique de la vieja condición de pecado
y acreciente en nosotros la vida nueva y la salvación.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

12. Prefacio I de las ordenaciones.

13. Antífona de comunión          Sal 88, 2
Cantaré eternamente las misericordias del Señor, anunciaré tu fidelidad por todas las edades.

14. Oración después de la comunión
CONCÉDENOS, Dios todopoderoso,
que quienes han participado en tus sacramentos,
sean en el mundo buen olor de Cristo.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.

15. La recepción de los santos óleos en cada parroquia puede hacerse antes de la celebración de la misa vespertina de la Cena del Señor o en otro momento oportuno.

RITO DE LA BENDICIÓN DE LOS ÓLEOS
Y CONSAGRACIÓN DEL SANTO CRISMA

Procesión de las ofrendas

Después de la renovación de las promesas sacerdotales, los diáconos y ministros designados llevan los óleos, o, en su defecto, algunos presbíteros y ministros, o bien los mismos fieles que presentan el pan, el vino y el agua, se dirigen ordenadamente a la sacristía o al lugar donde se han dejado preparados los óleos y las otras ofrendas. Al volver al altar lo hacen de este modo: en primer lugar, el ministro que lleva el recipiente con los aromas, si es que el obispo quiere hacer él mismo la mezcla del crisma; después, otro ministro con la vasija del óleo de los catecúmenos; seguidamente, otro con la vasija del óleo de los enfermos. El óleo para el crisma es llevado en último lugar por un diácono o un presbítero. A ellos les siguen los ministros que llevan el pan, el vino y el agua para la celebración eucarística.

Al avanzar la procesión por la iglesia, la “schola” canta el himno O Redemptor u otro canto apropiado, respondiendo toda la asamblea, en lugar del canto del ofertorio.

Himno

O Redémptor, sume carmen
Temet concinéntium.
Arbor feta alma luce
Hoc sacrándum prótulit,
Fert hoc prona praesens turba
Salvatóri saéculi.

Consecráre tu dignáre,
Rex perénnis patriae,
Hoc olívum sígnum vivum
Iura contra daémonum.

Ut novétur sexus omnis
Unctione chrísmatis;
Ut sanétur sauciáta
Dignitatis glória.

Lota mente sacro fonte
Aufugántur crímina,
Uncta fronte sacrosáncta
Influunt charísmata.

Corde natus ex Paréntis,
Alvum implens Vírginis,
Praesta lucem, claude mortem
Chrísmatis consórtibus.

Sit haec dies festa nobis
Saeculórum saéculis,
sit sacráta digna laude
nec senéscat témpore.

Cuando llegan al altar o a la sede, el obispo recibe los dones. El diácono que lleva la vasija para el santo crisma, se la presenta al obispo, diciendo en voz alta: Óleo para el santo crisma; el obispo la recibe y se la entrega a uno de los diáconos que le ayudan, el cual la coloca sobre la mesa que se ha preparado. Lo mismo hacen los que llevan las vasijas para el óleo de los enfermos y de los catecúmenos. El primero dice: Óleo de los enfermos; el otro: Óleo de los catecúmenos. El obispo recibe ambas vasijas y los ministros las colocan sobre la mesa que se ha preparado.

La Misa se desarrolla como en el rito de la concelebración, hasta el final de la plegaria eucarística, a no ser que todo el rito de la bendición se tenga realice inmediatamente. En este caso, todo se dispone según se describirá más adelante.

Bendición del óleo de los enfermos

Antes que el obispo diga: Por Cristo, Señor nuestro, por quien sigues creando todos los bienes... en la plegaria eucarística I, o antes de la doxología Por Cristo, con él y en él, en las otras plegarias eucarísticas, el que llevó la vasija del óleo de los enfermos, la lleva cerca del altar y la sostiene delante del obispo, quién, mientras bendice el óleo de los enfermos, dice esta oración:

SEÑOR Dios, Padre de todo consuelo,
que, has querido sanar las dolencias de los enfermos
por medio de tu Hijo:
escucha con amor la oración de nuestra fe
y derrama desde el cielo tu Espíritu Santo Paráclito
sobre este óleo.

Tú que has hecho que el leño verde del olivo
produzca aceite abundante para vigor de nuestro cuerpo,
enriquece con tu bendición este óleo
para que cuantos sean ungidos con él
sientan en cuerpo y alma tu divina protección
y experimenten alivio en sus enfermedades y dolores.
Que por tu acción, Señor, este aceite sea para nosotros
óleo santo, en nombre de Jesucristo nuestro Señor.

[Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R/. Amén.]

La conclusión Él, que vive y reina se dice solamente cuando la bendición se hace fuera de la plegaria eucarística.

Acabada la bendición, la vasija del óleo de los enfermos se lleva de nuevo a su lugar, y la misa prosigue hasta después de la comunión.

Bendición del óleo de los catecúmenos

Dicha la oración después de la comunión, los ministros colocan las vasijas con los óleos que se han de bendecir sobre una mesa que se ha dispuesto oportunamente en medio del presbiterio. El obispo, teniendo a ambos lados suyos a los presbíteros concelebrantes, que forman un semicírculo, y a los otros ministros detrás de él, procede a la bendición del óleo de los catecúmenos y a la consagración del crisma.

Estando todo dispuesto, el obispo, de pie y de cara al pueblo, con las manos extendidas, dice la siguiente oración:

SEÑOR Dios, fuerza y defensa de tu pueblo,
que has hecho del aceite un símbolo de vigor,
dígnate bendecir este óleo
y concede tu fortaleza
a los catecúmenos que han de ser ungidos con él,
para que, al aumentar en ellos
el conocimiento de la realidades divinas
y la valentía en el combate de la fe,
vivan más hondamente el Evangelio de Cristo,
emprendan animosos la tarea cristiana,
y, admitidos entre tus hijos de adopción,
gocen de la alegría de sentirse renacidos
y de formar parte de la Iglesia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Consagración del crisma

Seguidamente, el obispo derrama los aromas sobre el óleo y hace el crisma en silencio, a no ser que ya estuviese preparado de antemano.

Una vez hecho esto, dice la siguiente invitación a orar:

Hermanos: pidamos a Dios Padre todopoderoso que se digne bendecir y santificar este ungüento, para que aquellos cuyos cuerpos van a ser ungidos con él, sientan interiormente la unción de la bondad divina y sean dignos de los frutos de la redención.

Entonces el obispo, oportunamente, sopla sobre la boca de la vasija del crisma, y con las manos extendidas dice una de las siguientes oraciones de consagración:

I

SEÑOR Dios, autor de todo crecimiento
y de todo progreso espiritual;
recibe complacido la acción de gracias
que, gozosamente, por nuestro medio,
te dirige la Iglesia.

Al principio del mundo,
tu mandaste que de la tierra brotasen árboles
que dieran fruto,
y, entre ellos, el olivo
que ahora nos suministra el aceite
con el que hemos preparado el santo crisma.

Ya David, en los tiempos antiguos,
previendo con espíritu profético
los sacramentos que tu amor instituiría
en favor de los hombres,
nos invitaba a ungir nuestros rostros con óleo
en señal de alegría.

También, cuando en los días del diluvio
las aguas purificaron de pecado la tierra,
una paloma, signo de la gracia futura,
anunció con un ramo de olivo
la restauración de la paz entre los hombres.

Y en los últimos tiempos,
el símbolo de la unción alcanzó su plenitud:
después que el agua bautismal lava los pecados,
el óleo santo consagra nuestros cuerpos
y da paz y alegría a nuestros rostros.
Por eso, Señor, tú mandaste a tu siervo Moisés
que tras purificar en el agua a su hermano Aarón,
lo consagrase sacerdote con la unción de este óleo.

Todavía alcanzó la unción mayor grandeza
cuando tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
después de ser bautizado por Juan en el Jordán,
recibió el Espíritu Santo en forma de paloma
y se oyó tu voz declarando
que él era tu Hijo, el Amado,
en quien te complacías plenamente.

De este modo se hizo manifiesto
que David ya hablaba de Cristo cuando dijo:
«El Señor, tu Dios, te ha ungido con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros».

Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así hasta el final de la oración.

A la vista de tantas maravillas
te pedimos, Señor,
que te dignes que santificar con tu bendición este óleo,
y que, con la cooperación de Cristo, tu Hijo,
de cuyo nombre le viene a este óleo el nombre de crisma,
le infundas en él la fuerza del Espíritu Santo
con la que ungiste a los sacerdotes, reyes, profetas y mártires
y hagas que este crisma
sea un sacramento de la plenitud de la vida cristiana
para todos que van a ser renovados
por el baño espiritual del bautismo;
haz que los consagrados por esta unción,
libres del pecado en que nacieron,
y convertidos en templo de tu divina presencia
exhalen el perfume de una vida santa;
que fieles al sentido de la unción,
vivan su condición de reyes, sacerdotes y profetas
y que este óleo sea
para cuantos renazcan del agua y del Espíritu Santo,
crisma de salvación,
les haga partícipes de la vida eterna
y herederos de la gloria celestial.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

     O bien esta oración:

II

SEÑOR Dios, fuente de la vida y autor de los sacramentos:
te damos gracias porque en tu bondad inefable
anunciaste en la Antigua Alianza
el misterio de la santificación por la unción con el óleo,
y lo llevaste a plenitud, al llegar los últimos tiempos,
en Cristo, tu Hijo amado;
pues cuando Cristo, nuestro Señor,
salvó al mundo por el Misterio pascual,
quiso derramar sobre la Iglesia
la abundancia del Espíritu Santo
y la enriqueció con sus dones celestiales,
para que en el mundo se realizase plenamente,
por medio de la Iglesia,
la obra de la salvación.

Por eso, Señor, en el sacramento del crisma
concedes a los hombres el tesoro de tus gracias
y haces que tus hijos
renacidos por el agua bautismal
reciban fortaleza en la unción del Espíritu Santo
y, hechos a imagen de Cristo, tu Hijo,
participen de su misión profética, sacerdotal y real.

Todos los concelebrantes, en silencio, extienden la mano derecha hacia el crisma, y la mantienen así hasta el final de la oración.

Por tanto, te pedimos, Señor,
que mediante el poder de tu gracia
hagas que esta mezcla de aceite y perfume
sea para nosotros instrumento y signo de tus bendiciones;
derrama sobre nuestros hermanos,
cuando sean ungidos con este crisma,
la abundancia de los dones del Espíritu Santo,
y que los lugares y objetos
consagrados por este óleo
sean para tu pueblo motivo de santificación.
Pero ante todo, Señor, te suplicamos
que por medio del sacramento del crisma
hagas crecer a tu Iglesia
en el número y santidad de sus hijos,
hasta que, según la medida de Cristo,
alcance aquella plenitud
en la que tú, en el esplendor de tu gloria,
junto con tu Hijo
y en la unidad del Espíritu Santo,
lo serás todo en todos
por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

Cuando todo el rito de la bendición de los óleos se realiza después de la liturgia de la Palabra, acabada la renovación de las promesas sacerdotales y la procesión de ofrendas, el obispo con los concelebrantes se acerca a la mesa donde se va a tener la bendición de los óleos de los catecúmenos y de los enfermos, y la consagración del crisma. Todo se hace según se ha descrito más arriba.

Dada la bendición conclusiva de la misa, el obispo pone y bendice el incienso en el incensario, y se organiza la procesión hacia la sacristía después de que el diácono dice: Podéis ir en paz.

Los óleos bendecidos son llevados por sus ministros inmediatamente después de la cruz. La schola o el pueblo cantan algunos versos del himno O Redemptor u otro canto apropiado.

En la sacristía, el obispo, oportunamente, puede advertir a los presbíteros cómo hay que tratar y venerar los óleos, y también cómo hay que conservarlos cuidadosamente.


© Conferencia Episcopal Española

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