Ritual de exequias (extracto) - Esquemas de lecturas por temas y circunstancias

ESQUEMAS DE LECTURAS DE LECTURAS POR TEMAS Y CIRCUNSTANCIAS


ESQUEMAS DE LECTURAS
POR TEMAS Y CIRCUNSTANCIAS


1. En la muerte de un presbítero

Monición

La vida de los presbíteros debe ser una entrega a Cristo y a la salvación de los hombres. Cada día se va consumiendo como holocausto en unión con el sacrificio de Cristo (1.ª lect. A.T.). Se va forjando así una identificación tal con el Señor, que nada podrá romperla (1.ª lect. N.T.). La misma muerte se hace también ofrenda para la vida eterna de los que un día estuvieron confiados a los cuidados del pastor (Ev.).

Sab 3, 1-9: Los aceptó como sacrificio de holocausto.

     O bien:

Rom 8, 31b-35. 37-39: ¿Quién nos separará del amor de Cristo?

Sal 22. R/. El Señor es mi pastor, nada me falta.

Jn 12, 23-28: Si el grano de trigo, da mucho fruto.

2.- En la muerte de un/a religioso/a

Monición

La vida religiosa es en el mundo un signo de la vida nueva y eterna conseguida por la redención de Cristo (1.ª lect.). El religioso (la religiosa) sigue la forma de vida que el Hijo de Dios propuso como camino más perfecto para llegar al encuentro definitivo con el Señor, para el que ha debido mantenerse vigilante y con la lámpara encendida (Ev. Mt). El salmo canta la alegría del que ha llegado a la meta.

Ap 21, 1a. 6b-7: Un cielo nuevo y una tierra nueva.

Sal 121 R/. ¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor»!

Mt 25, 1-13: Que llega el esposo, salid a su encuentro.

     O bien:

Jn 14, 1-6: Yo soy el camino y la verdad y la vida.

Monición

El religioso (la religiosa), especialmente cuando ha gastado su vida en el amor a los demás, imitando a Cristo pobre y miseri­cordioso (Ev. Mt 5), sabe que le espera la recompensa prome­tida a quien en los hermanos sirvió al propio Señor (Ev. Mt 25). En él (ella), el don del Espíritu fructifica en la plenitud de la con­dición de hijo de Dios (1.ª lect. Rom). Gracias al amor, empezó a pasar en este mundo de la muerte a la vida (1ª lect. 1 Jn). Dios mismo será su premio (salmo).

Rom 8, 14-23: Aguardando la redención de nuestro cuerpo.

     O bien:

1 Jn 3, 14-16: Hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos.

Sal 62 R/. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

Mt 5, 1-12a: Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo.

     O bien:

Mt 25, 31-46: Venid vosotros, benditos de mi Padre.


Ritual de exequias (extracto) - Textos diversos en casos especiales

TEXTOS DIVERSOS EN CASOS ESPECIALES


TEXTOS DIVERSOS EN CASOS ESPECIALES


1. En una muerte repentina

Monición introductiva

Hermanos: Hoy nos convoca un hecho desconcertante, aunque no infrecuente. La muerte inesperada de N. En realidad, la muerte resulta siempre dolorosa y nos sume en la angustia y en la conciencia de nuestra limitación. En momentos como el presente, acudimos a la fe para encontrar fortaleza y esperanza. Interroguemos, sí, a la fe, pero desde una actitud atenta a la revelación de Dios a través de su Palabra todopoderosa, y confiando también en la oración de la Iglesia.

[La Eucaristía que vamos a celebrar nos pone en contacto con el amor de Dios manifestado en la muerte y resurrección de su Hijo Jesucristo, causa de salvación para todos los hombres.]

[Dispongámonos a participar dignamente en ella.]

Oración de los fieles

Celebrante:

Con el corazón apenado por la muerte de N., pero confiando en la misericordia de Dios, nuestro Padre, oremos con fe.

Lector:

Para que libre de todo mal y admita en su presencia a nuestro hermano (nuestra hermana) N., que ha sido arrebatado (arrebatada) por la muerte de forma tan inesperada. Roguemos al Señor.

Para que ayude a sus familiares y amigos y los consuele con su gracia. Roguemos al Señor.

Para que la Iglesia, en esta y en otras circunstancias de dolor, anuncie eficazmente la victoria de Cristo sobre la muerte. Roguemos al Señor.

Para que todos los que nos hemos reunido para dar el último adiós a N. sepamos construir una sociedad más humana y fraterna. Roguemos al Señor.

Para que Dios purifique a los fieles difuntos con su misericordia y los revista de gloria y de inmortalidad. Roguemos al Señor.

Celebrante:

TEN misericordia, Dios nuestro,
de tu siervo (sierva) N., y a nosotros concédenos
mantener siempre viva la esperanza.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Invitación para el último adiós

Antes de separarnos [para conducir el cuerpo de N. al lugar de su reposo definitivo], oremos con fe y esperanza, confiando nuevamente en las manos de Dios a nuestro hermano (nuestra hermana).

Hemos venido a esta celebración hondamente afectados. Salgamos de ella fortalecidos por la palabra del Señor: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré». Pero no olvidemos tampoco su invitación a estar preparados, porque no sabemos el día ni la hora.

La aspersión con el agua bendita que vamos a realizar, en señal de respeto hacia estos restos mortales, significa que nuestro hermano (nuestra hermana) fue incorporado (incorporada) a la Iglesia por medio del bautismo. La Iglesia ora por él (ella) y lo (la) despide con afecto y con dolor.

2-. En la muerte de un padre (madre) de familia

Monición introductoria

Hermanos: Nos encontramos reunidos para decir adiós a un (una) [joven] padre (madre) de familia, N. De una manera especial, queremos estar hoy al lado de su esposa (esposo) e hijos para acompañarlos en su dolor. Pero, a la vez, queremos que estos momentos sean una afirmación de esperanza. De esperanza en el amor de Dios que nunca abandona a sus hijos, a pesar de las pruebas de la vida. De esperanza, también, en el amor de este padre (esta madre), santificado por el sacramento del matrimonio, que no quedará sin fruto. Como Cristo, todo el que ama y se sacrifica por los demás se convierte en fuente de vida inagotable.

Es lo que vamos a tener presente al escuchar la Palabra de Dios [y celebrar el sacrificio eucarístico en favor de nuestro hermano (nuestra hermana)].

[Pero, antes, reconozcamos en silencio nuestra condición de pecadores y pidamos perdón al Señor.]

Oración de los fieles

Celebrante:

Con la confianza puesta en el amor de Dios, oremos por N. y por todos los que sufren esta pérdida.

Lector:

 Pidamos por nuestro hermano (hermana) N.: para que la semilla de su vita rota [en plena juventud] florezca multiplicada en el amor de los suyos. Roguemos al Señor.

 Oremos por sus familiares: para que superen la tristeza y afronten la vida con esperanza. Roguemos al Señor.

 Pidamos también por esta comunidad [parroquial]: para que, en situaciones como esta, estemos cerca de los que sufren. Roguemos al Señor.

 Oremos por todos los matrimonios cristianos y por sus hijos: para que colaboren generosamente a hacer de la sociedad una familia humana. Roguemos al Señor.

 Pidamos por todos los difuntos: para que el Padre de las misericordias los admita en su morada del cielo. Roguemos al Señor.

Celebrante:

ESCUCHA nuestras súplicas, Señor,
y recibe en tus brazos
a nuestro hermano (nuestra hermana) N.,
que amó y sirvió a su familia
imitando tu generosidad.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Invitación para el último adiós

Al llegar el momento de la despedida, digamos adiós a los restos mortales de este padre (esta madre) [joven] N., que vais a introducir en la tierra, como el grano de trigo destinado a dar fruto.

Enconmendémoslo (encomendémosla), una vez más, al amor del Padre, con la confianza de que le dará una felicidad infinitavmente mayor, y hará que un día él (ella) y su familia se vuelvan a encontrar en el reino eterno.

Nuestro canto y nuestra oración, al tiempo que honramos el cuerpo de este padre (esta madre), vayan acompañados también del firme propósito de dedicarnos a los demás y de ayudarnos mutuamente.

3.- En una muerte por accidente

Monición introductoria

Hermanos: La vida humana es un bien tan precioso que, cuando alguien la pierde de forma violenta por accidente [de tráfico; de trabajo], todos nos sentimos afectados. La muerte de N. [feligrés (feligresa) de esta parroquia; vuestro convecino (vuestra convecina); vuestro compañero (vuestra compañera) de trabajo], os ha reunido en esta iglesia. Para unos, esto es un acto de solidaridad con el difunto (la difunta) y con su familia; para otros, los creyentes, es también un momento de oración y de fe en un Dios que es Padre capaz de dar no solo la vida terrena, sino también la vida que no acaba. Nuestro destino es vivir, y vivir felices en el reino eterno de Dios.

[Que esta Eucaristía, celebración de la muerte redentora de Jesucristo, ayude a nuestro hermano (nuestra hermana) N. a alcanzar la vida eterna —premiando sus obras buenas y la entrega a su trabajo—.]

[Al comenzar esta celebración, pidamos a Dios que nos conceda la conversión de nuestros corazones, para que se acreciente nuestra comunión con él y con los hermanos.]

Oración de los fieles

Celebrante:

Oremos a Dios, el único que puede responder a nuestra angustia con la promesa y la realidad de la vida eterna.

Lector:

Por nuestro hermano (nuestra hermana) N., cuya vida ha quedado truncada por un accidente [de carretera; laboral], para que Dios lo (la) acoja en sus brazos de Padre. Roguemos al Señor.

Por los familiares [la esposa (el esposo), los hijos] y los amigos de N., para que encuentren fortaleza en su fe y motivos para seguir luchando. Roguemos al Señor.

Por todos los que mueren de manera violenta [en la carretera; en el lugar de trabajo], para que alcancen la felicidad y la paz que en esta vida no pudieron encontrar. Roguemos al Señor.

Por nuestra sociedad, para que no haga de la vida una frivolidad o una carrera de obstáculos, en la que imperen el placer y el egoísmo. Roguemos al Señor.

Por todos nosotros, para que pongamos nuestra voluntad en los valores que permanecen y llevemos a la práctica la solidaridad cristiana. Roguemos al Señor.

Celebrante:

ESCUCHA, oh, Padre, las oraciones de tu Iglesia;
tú eres compasivo y justo;
ayúdanos a superar la adversidad
y a vivir guiados por la fe
y sostenidos por la esperanza.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Invitación para el último adiós

Antes de despedirnos, serenado nuestro espíritu por la Palabra de Dios y la participación [en la Eucaristía y] en la oración de la Iglesia, realicemos un postrero acto de homenaje a los restos mortales de N.

Recordemos la promesa del Señor: «Que todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día». (O bien, en caso de accidente de trabajo: «El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna»).

Rociaremos con agua bendita este cuerpo, en memoria del bautismo que incorporó a nuestro hermano (nuestra hermana) a la comunidad de salvación [y lo incensaremos en señal de respeto]. La Iglesia ora de nuevo por él (ella), para confiarlo a la misericordia del Padre.

4.- En una muerte por homicidio o por supuesto suicidio

Monición introductoria

Hermanos: Estamos reunidos para encomendar al amor infinito de Dios, nuestro Padre, a N., cuya muerte nos ha llenado de dolor a todos. Al mismo tiempo, deseamos consolar a una familia y a unos amigos que sufren particularmente. A nosotros no nos es dado juzgar a nadie: solo Dios conoce el fondo de las personas, y solo él sabe lo que se encierra en el corazón humano. Por eso, su justicia está envuelta siempre en la misericordia. En estos momentos, dirigimos nuestra mirada a Cristo, muerto por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación. Creemos en él y confiamos en él.

[Escucharemos su palabra y renovaremos el gesto supremo de su entrega a la muerte para salvarnos, esperando que su sacrificio beneficie, en cuanto sea necesario, a nuestro hermano (nuestra hermana) N., y sea fuente de perdón también para quienes puedan haber causado su muerte.]

[Humildes y penitentes, reconozcámonos pecadores e invoquemos la misericordia divina.]

Oración de los fieles

Celebrante:

Unidos a todos los que sufren por la muerte de N. [en las circunstancias en que se ha producido], acerquémonos al Señor de la misericordia, para encontrar luz en la oscuridad y fe en nuestra duda.

Lector:

Por nuestro hermano (nuestra hermana) N., por quien Jesús, nuestro Salvador, entregó su vida, para que alcance el perdón y la misericordia del Padre. Roguemos al Señor.

Por sus familiares y amigos, desconcertados ante esta muerte, para que vivan apoyados en Jesús, manso y humilde de corazón, y encuentren en él el consuelo prometido. Roguemos al Señor.

Por todos los que han muerto en circunstancias extrañas, para que el Dios que sondea los corazones y conoce la responsabilidad de cada uno sea para ellos compasivo y misericordioso. Roguemos al Señor.

— [Por quien haya podido tener alguna responsabilidad directa en la muerte de N., para que reconsidere su acción y se integre, convertido y reconciliado, en la comunidad cristiana. Roguemos al Señor.]

Por nuestra sociedad, que se hace competitiva y violenta, para que recupere la jerarquía de los valores morales y defienda eficazmente el sagrado derecho a la vida que tiene todo ser humano. Roguemos al Señor.

Por todos nosotros y por los que ansían un mundo más fraterno, para que superemos con el amor cualquier conflicto o enfrentamiento. Roguemos al Señor.

Celebrante:

ESCUCHA, Señor, nuestra oración
y ten piedad de N.,
que fue hecho hijo tuyo (hecha hija tuya)
por el bautismo;
acepta el bien que hizo en su vida
y perdona sus culpas o debilidades.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

R/. Amén.

Invitación para el último adiós

La bondad de Dios está por encima de los hombres, su justicia se traduce en misericordia para los que acuden a él. «Señor, escucha mi oración; tú, que eres fiel, atiende a mi súplica. No llames ajuicio a tu siervo, pues ningún hombre es inocente frente a ti».

Al despedir a N., para dar sepultura a sus restos mortales, rociándolos con el agua del bautismo, que un día recibió para ser hijo de Dios y heredar la vida eterna, oremos de nuevo por él (ella) confinándolo también a la intercesión de la Santísima Virgen María y de todos los santos.


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Ceremonial de los obispos - La conmemoración de todos los fieles difuntos

LAS CELEBRACIONES DE LOS MISTERIOS DEL SEÑOR
A LO LARGO DEL AÑO

CAPÍTULO XVI

LA CONMEMORACIÓN
DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS


395. La Iglesia ofrece el sacrificio eucarístico y su intercesión por los difuntos no solo en las exequias y aniversarios, sino también en la conmemoración que hace cada año de todos sus hijos que duermen en Cristo, y procura ayudarles mediante sufragios agradables a Dios, para que lleguen a la compañía de los ciudadanos del cielo. De este modo, unidos en comunión todos los miembros de Cristo, mientras impetra una ayuda espiritual para los difuntos, ofrece a los vivos el consuelo de la esperanza [141].

396. Al celebrar esta conmemoración, el obispo debe empeñarse sobre todo en fomentar la esperanza en la vida eterna, de modo que los fieles de su diócesis, en su modo de pensar y de actuar, no parezcan ignorar ni menospreciar a los difuntos. Y tanto en lo que se refiere a las tradiciones familiares como a las costumbres locales, acepte de buen grado cuanto de bueno encuentre en ellas; pero vea la manera de reformar todo aquello que no esté en consonancia con el espíritu cristiano, de modo que el culto que se ofrece por los difuntos sea una manifestación de fe pascual y una muestra del espíritu evangélico [142].

397. En este día no se adorna el altar con flores, y el sonido del órgano y de otros instrumentos solo se permite para sostener el canto [143].

398. En la Conmemoración de todos los fieles difuntos, allí donde los fieles tangan por costumbre reunirse en la iglesia o en el propio cementerio, conviene que el obispo celebre la misa con el pueblo y participe con su Iglesia en los acostumbrados sufragios por los difuntos.

399. En el cementerio, o en las iglesias donde están sepultados los cuerpos de los difuntos, o en el acceso a la cripta, o junto al sepulcro de los obispos, tras la misa, el obispo puede realizar la aspersión e incensación de los sepulcros, como más abajo se indica.

400. Acabada la oración después de la comunión, el obispo recibe la mitra sencilla y él mismo, o un diácono, o un concelebrante u otro ministro idóneo, introduce brevemente a los fieles en el rito de la aspersión por los difuntos.

401. Mientras se canta un canto adecuado tomado del Ritual de las Exequias [144], el obispo, con mitra y báculo, se acerca a los sepulcros de los difuntos y, dejando el báculo, asperja e inciensa. Después, deja la mitra, dice una oración adecuada de las que se encuentran en el Ritual de las Exequias [145] y se despide al pueblo, como de costumbre.

402. El obispo puede realizar también este rito fuera de la misa, usando capa pluvial de color morado y mitra sencilla. En este caso, la bendición de las tumbas sigue a la liturgia de la Palabra, que se celebra como está previsto en el rito de exequias [146].

403. El rito de aspersión e incensación de los sepulcros, indicado más arriba, nn. 399-402, en ningún caso se puede hacer cuando no hay cuerpos de difuntos.

__________

[141] Cf. Ritual Romano, Ritual de Exequias, n. 1.

[142] Cf. ibíd., n. 2.

[143] Cf. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Introducción Musicam sacram (5.III.1967), n. 66: AAS 59 (1967), p. 319.

[144] Cf. Ritual Romano, Ritual de Exequias, Apéndice I, Textos diversos, 1. Salmos y antífonas y 2. Responsorios.

[145] Cf. ibíd., Apéndice I, Textos diversos, 3. Oraciones, para la liturgia de la Palabra.

[146] Cf. ibíd., Orientaciones, n. 47.


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Ceremonial de los obispos - La solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

LAS CELEBRACIONES DE LOS MISTERIOS DEL SEÑOR
A LO LARGO DEL AÑO

CAPÍTULO XV

LA SOLEMNIDAD DEL SANTÍSIMO CUERPO
Y SANGRE DE CRISTO


PRÆNOTANDA

385. Si bien es cierto que de la institución de la eucaristía se tiene un especial recuerdo en la misa en la Cena del Señor, momento en el que Cristo Señor cenó con sus discípulos y les entregó el sacramento de su Cuerpo y de su Sangre para que la Iglesia lo celebrara, sin embargo, en esta solemnidad se propone a la piedad de los fieles que se rindan culto a este Sacramento de salvación para que así celebren las maravillas de Dios que él entraña y que se consumaron a través del misterio pascual, para que aprendan a participar del sacrificio eucarístico y a vivir más intensamente de él; para que veneren la presencia de Cristo, el Señor, en el mismo Sacramento y para que den a Dios la gracias debidas por tales dones [135].

386. Como celebración especial de esta solemnidad, la piedad de la Iglesia nos ha trasmitido la procesión en la que el pueblo cristiano recorre solemnemente las calles con la Eucaristía, con cantos y plegarias, dando así testimonio público de fe y de piedad hacia este Sacramento.

Conviene, por tanto, mantener y fomentar esta procesión, allí donde las circunstancias lo permitan y sea realmente posible hacer manifiesto este signo común de fe y de adoración. Más aún, a juicio del obispo diocesano y si las circunstancias pastorales así lo aconsejan, si se trata de una ciudad muy grande se pueden organizar otras procesiones en los distritos más importantes.

Corresponde al obispo diocesano, atendiendo a las circunstancias, valorar tanto la conveniencia como el lugar y la organización de esta procesión, para que todo se lleve a cabo con dignidad y sin menoscabo del respeto debido a este Santísimo Sacramento.

Pero donde no pueda realizarse la procesión en el día propio de la solemnidad, conviene realizar alguna otra celebración pública, bien sea por toda la ciudad, bien por sus zonas principales, en la iglesia-cetedral o en otro lugar más adecuado [136].


PROCESIÓN EUCARÍSTICA

387. Conviene que la procesión se realice después de la misa, en la que se consagra la hostia que se lleva en la procesión. Nada impide, no obstante, que la procesión se realice tras una adoración pública y solemne, posterior a la misa [137].

388. Además de todo lo que se requiere para la celebración de la misa estacional, dispóngase esto:

a) En el presbiterio:
— sobre la patena, la hostia que se consagrará para la procesión; 
— la custodia;
— un velo humeral; 
— otro incensario con su naveta.

b) En un lugar adecuado:
— capas pluviales blancas o de color festivo (cf. infra, n. 390); 
— luces y velas; 
— (palio).

389. Finalizada la comunión de los fieles, el diácono coloca sobre el altar la custodia en la que, con reverencia, pone la hostia consagrada. Luego, el obispo, con sus diáconos, hace genuflexión y regresa a la cátedra, desde donde dice la oración después de la comunión.

390. Dicha la oración, omitidos los ritos conclusivos, se hace la procesión. El obispo la preside revestido con casulla, como en la misa, o con una capa pluvial de color blanco. Si la procesión no se realiza inmediatamente después de la misa, se pone la capa pluvial [138].

Es conveniente que los canónigos y los presbíteros no concelebrantes vayan revestidos de capa pluvial sobre la vestidura talar y la sobrepelliz.

391. El obispo, tras poner incienso en el incensario y bendecirlo, de rodillas ante el altar, inciensa el Santísimo Sacramento.

Luego, recibe el velo humeral y sube al altar, hace genuflexión y, con ayuda del diácono, toma la custodia, que sostiene con ambas manos cubiertas por el velo.

Se ordena entonces la procesión: precede el acólito con la cruz, a quien acompañan acólitos portando ciriales con cirios encendidos; sigue el clero, los diáconos que han servido en la misa, los canónigos y presbíteros revestidos de capa pluvial, los presbíteros concelebrantes, otros obispos que pudieran estar presentes revestidos de capa pluvial, el ministro que sostiene el báculo del obispo, dos turiferarios con incensarios humeantes, el obispo que lleva el Santísimo Sacramento y, ligeramente detrás, los dos diáconos que lo asisten; después, los ministros del libro y la mitra. Todos llevan velas encendidas y luces en torno al Sacramento.

El palio, bajo el que avanza el obispo que lleva el Sacramento, se utiliza según las costumbres locales.

Si el obispo no puede llevar el Santísimo Sacramento, sigue la procesión revestido con los ornamente, con la cabeza descubierta, pero lleva el báculo y no bendice; se sitúa inmediatamente delante del sacerdote que lleva el Santísimo Sacramento.

Los demás obispos, que acoso participan en la procesión, revestidos con hábito coral, van detrás del Santísimo Sacramento, como se describe más abajo, n. 1100.

392. Respecto a la organización de los fieles, se siguen las costumbres locales; lo mismo hay que decir sobre el adorno de plazas y calles.

Durante el recorrido, si es costumbre y el bien pastoral así lo aconseja, puede realizarse alguna estación con la bendición eucarística. Los cantos y las oraciones que se realizan deben estar orientados a que todos manifiesten su fe en Cristo y a la alabanza del Señor [139].

393. Es conveniente que la procesión se inicie en una iglesia y se dirige a otra distinta. Pero si las circunstancias así lo aconsejan, puede la procesión regresar a la misma iglesia de la que partió [140].

394. Al final de la procesión se imparte la bendición con el Santísimo Sacramento en la iglesia de destino o en otro lugar adecuado.

Llegados al presbiterio, los ministros, diáconos y presbíteros se dirigen directamente a los lugares asignados. Una vez que el obispo sube al altar, el diácono situado en el lado derecho recibe del obispo, que está de pie, la custodia y la coloca sobre el altar. Luego el obispo, junto con el diácono, hace genuflexión, se quita el velo humeral y permanece de rodillas ante el altar.

Enseguida, tras poner incienso y bendecirlo, el obispo recibe el incensario que le ofrece el diácono, hace la reverencia junto con los diáconos que lo asisten, e inciensa el Santísimo Sacramento con tres movimientos del incensario. Luego, reiterada la inclinación ante el Santísimo, devuelve el incensario al diácono. Mientras tanto se canta la estrofa Tantum ergo u otro canto eucarístico.

Después, el obispo se pone en pie y dice: «Oremos». Se hace una breve pausa de silencio; luego, si es preciso, el ministro sostiene el libro ante el obispo, mientras este continua diciendo: «Oh, Dios, que en este sacramento admirable...» u otra oración del Ritual Romano.

Dicha la oración, el obispo toma el velo humeral, sube al altar, hace una genuflexión y, con la ayuda del diácono, toma la custodia, que mantiene elevada con ambas manos cubiertas por el velo humeral, se vuelve hacia el pueblo y, sin decir nada, hace con la custodia la señal de la cruz.

Tras ello, el diácono recoge la custodia de manos del obispo y la coloca sobre el altar. El obispo y el diácono hacen genuflexión. Luego, mientras el obispo permanece de rodillas ante el altar, el diácono traslada respetuosamente el Sacramento a la capilla donde está reservado.

Entre tanto, el pueblo canta alguna aclamación apropiada.

Y se hace la procesión a la sacristía mayor, del modo acostumbrado.

__________

[135] Cf. Misal Romano, Ordenación general, Proemio, n. 3.

[136] Cf. Ritual Romano, Ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa, nn. 101-102; cf. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Instrucción Eucharisticum mysterium (25.V.1967), n. 59: AAS 59 (1967), p. 570.

[137] Cf. Ritual Romano, Ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa, n. 103.

[138] Cf. Ritual Romano, Ritual de la sagrada comunión y del culto a la eucaristía fuera de la misa, n. 105.

[139] Cf. ídid., n. 104.

[140] Cf. ídid., n. 107. 


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Ceremonial de los obispos - Las rogativas y las cuatro témporas del año

LAS CELEBRACIONES DE LOS MISTERIOS DEL SEÑOR
A LO LARGO DEL AÑO

CAPÍTULO XIV

LAS ROGATIVAS
Y LAS CUATRO TÉMPORAS DEL AÑO


381. En las Rogativas y en las Cuatro Témporas del año, la Iglesia suele orar al Señor por las diversas necesidades de los hombres, principalmente por los frutos de la tierra y el trabajo de los hombres, y le da gracias públicamente [132].

382. Para que las Rogativas y las Cuatro Témporas puedan adaptarse a los diversos lugares y a las necesidades de los fieles, es conveniente que las Conferencias Episcopales determinen el tiempo y la manera en que se han de celebrar.

En cuanto a la extensión de su celebración, durante un día o varios, sobre su repetición a lo largo del curso del año, la autoridad competente determinará las normas correspondientes, teniendo en cuenta las necesidades locales [133].

383. Es, pues, conveniente que en cada una de las diócesis, teniendo en cuenta las diversas circunstancias y las costumbres locales, el obispo trate de encontrar la mejor manera de mantener la liturgia de las Rogativas y las Cuatro Témporas, y dedicarla al ministerio de la caridad, para fomentar así la piedad y la devoción del pueblo de Dios e incrementar la comprensión de los misterios de Cristo.

384. La misa que se ha de utilizar en cada uno de estos días se escogerá de entre las misas por diversas necesidades, eligiendo la que más se acomoda a la intención de las súplicas [134].

__________

[132] Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario, n. 45.

[133] Ibíd., n. 46.

[134] Ibíd., n. 47.


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Misal Romano (tercera edición) - De san Pedro, apóstol

MISAS VOTIVAS

16. De san Pedro, apóstol


Esta misa se dice con vestiduras de color rojo.

Antífona de entrada          Cf. Lc 22, 32
El Señor dice a Simón Pedro: «Yo he pedido por ti, para que tu fe no se apague. Y tú, cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos».

Oración colecta
OH, Dios,
que al confiar a tu apóstol san Pedro
las llevas del reino de los cielos
le entregaste el poder supremo de atar y desatar,
concédenos, por su intercesión y auxilio,
vernos libres de las ataduras de nuestros pecados.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR, acepta en tu bondad las ofrendas que tu pueblo te presenta
en la conmemoración del apóstol san Pedro,
a quien concediste, por misteriosa revelación,
confesarte a ti Dios, Dios vivo, y a tu Hijo;
y dar testimonio de su Maestro
con su glorioso martirio.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


Antífona de comunión          Cf. Mt 16, 16. 18
Pedro dijo a Jesús: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Jesús le respondió:  «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».

Oración después de la comunión
NOS has admitido, Señor, en el banquete de salvación
al venerar la memoria de san Pedro, apóstol;
te pedimos, con alegría,
seguir de cerca siempre a tu Hijo,
el único que tiene palabras de vida eterna,
y, como ovejas fieles de tu grey,
ser conducidos felizmente a los pastos eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.


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Ceremonial de los obispos - El tiempo ordinario

LAS CELEBRACIONES DE LOS MISTERIOS DEL SEÑOR
A LO LARGO DEL AÑO

CAPÍTULO XIII

EL TIEMPO ORDINARIO


377. Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan treinta y tres o treinta y cuatro semanas en el curso del año en las que no se celebra un aspecto peculiar del misterio de Cristo, sino más bien se recuerda el mismo misterio de Cristo en su plenitud, principalmente los domingos. Este período de tiempo recibe el nombre de «tiempo ordinario».

378. El tiempo ordinario comienza la feria que sigue a la fiesta del Bautismo del Señor y se extiende hasta el martes antes de Cuaresma inclusive; comienza de nuevo el lunes después del Domingo de Pentecostés y termina antes de las primeras Vísperas del domingo I de Adviento [129].

379. Ya que el domingo ha de ser considerado como la fiesta primordial y núcleo y fundamente del año litúrgico [130], cuide el obispo que también los domingos del tiempo ordinario, aun cuando se trate de fechas dedicadas a conmemorar temas particulares, se mantenga la liturgia propia del domingo, teniendo presente cuanto se dispone más arriba, nn. 228-230.

380. En aras del bien pastoral de los fieles, se pueden festejar en los domingos del tiempo ordinario aquellas celebraciones que, cayendo entre semana, tienen gran aceptación en la piedad de los fieles, siempre que estas se antepongan al domingo en la tabla de precedencia. De estas celebraciones pueden decirse todas las misas que se hacen con participación del pueblo [131].

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[128] Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario, n. 43.

[129] Ibíd., n. 44.

[130] Cf. CONCILIO VATICANO II, Constitución sobre la sagrada liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 106; cf. Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario, n. 4.

[131] Normas universales sobre el año litúrgico y el calendario, n. 58; Cf. infra Apéndice II.


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