Leccionario III (impar) - Viernes de la VIII semana del tiempo ordinario

Tiempo Ordinario

VIERNES DE LA VIII SEMANA
DEL TIEMPO ORDINARIO

PRIMERA LECTURA
Eclo 44, 1. 9-12
Nuestros padres fueron hombres de bien y su nombre vive por generaciones

Lectura del libro del Eclesiástico.

HAGAMOS el elogia de los hombres ilustres,
     de nuestros padres según sus generaciones.
Otros no dejaron memoria,
     desaparecieron como si no hubieran existido,
     pasaron como si nunca hubieran sido,
     igual que sus hijos después de ellos.
Pero hubo también hombres de bien,
     cuyos méritos no han quedado en el olvido.
En sus descendientes se conserva
     una rica heredad, su posteridad.
Sus descendientes han sido fieles a la alianza,
     y, gracias a ellos, también sus hijos.
Su descendencia permanece por siempre,
     y su gloria no se borrará.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial 
Sal 149, 1bc-2. 3-4. 5-6a y 9b (R/.: 4a)
R/.   El Señor ama a su pueblo.

O bien:

R/.   Aleluya.

        V/.   Cantad el Señor un cántico nuevo,
                resuene su alabanza en la asamblea de los fieles;
                que se alegre Israel por su Creador,
                los hijos de Sion por su Rey.   R/.
     
        V/.   Alabad su nombre con danzas,
                cantadle con tambores y cítaras:
                porque el Señor ama a su pueblo
                y adorna con la victoria a los humildes.   R/.

        V/.   Que los fieles festejen su gloria
                y canten jubilosos en filas:
                con vítores a Dios en la boca.
                Es un honor para todos su fieles.    R/.


Aleluya
Cf. Jn 15,16
R/.   Aleluya, aleluya, aleluya.

V/.   Yo os he elegido del mundo —dice el Señor—
        para que vayáis y deis fruto,
        y vuestro fruto permanezca.   R/.

EVANGELIO
Mc 11, 11-25
Mi casa será casa de oración para todos los pueblos. Tened fe en Dios
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

DESPUÉS que el gentío lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalén, en el templo, lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los Doce.
Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo:
    «Nunca jamás coma nadie frutos de ti»,
Los discípulos lo oyeron.
Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos por el templo.
Y los instruía diciendo:
    «¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”? Vosotros en cambio la habéis convertido en cueva de bandidos».
Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo, porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con él.
Cuando atardeció, salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en la cuenta y dijo a Jesús:
    «Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado».
Jesús contestó:
    «Tened fe en Dios. En verdad os digo que si uno dice a este monte: “Quítate y arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que os lo han concedido y lo obtendréis.
Y cuando os pongáis a orar, perdonad lo que tengáis contra otros, para que también vuestro Padre del cielo os perdone vuestras culpas».

Palabra del Señor.

© Conferencia Episcopal Española

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