Leccionario VI - Misa para el perdón de los pecados

MISA PARA EL PERDÓN DE LOS PECADOS

LECTURAS DEL ANTIGUO TESTAMENTO

I

Regrese al Señor, que es rico en perdón

Lectura de libro de Isaías 55, 6-9.

Buscad al Señor mientras se le encuentra,
      invocadlo mientras esté cerca;
que el malvado abandone su camino,
      y el criminal sus planes;
que regrese al Señor, y él tendrá piedad,
      a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Mis planes no son vuestros planes,
      vuestros caminos no son mis caminos
      —oráculo del Señor—.
Como el cielo es más alto que la tierra,
      mis caminos son más altos que los vuestros,
      mis planes, que vuestros planes.

Palabra de Dios.

II

Convertíos y apartaos de todos vuestros crímenes

Lectura de la profecía de Ezequiel 18, 21-23. 30-32.

Así dice el Señor Dios:
«Si el malvado se convierte de los pecados cometidos,
      y guarda mis preceptos, practica el derecho y la justicia,
      ciertamente vivirá y no morirá;
no se le tendrán en cuenta los delitos que cometió,
      por la justicia que ha hecho, vivirá.
¿Acaso quiero yo la muerte del malvado
      —oráculo del Señor Dios—,
y no que se convierta de su conducta y que viva?
Yo os juzgaré, pues, a cada uno según su proceder
      —oráculo del Señor—.
Convertíos y apartaos de todos vuestro crímenes;
      no haya para vosotros más ocasión del mal.
Descargaos todos los crímenes
      que habéis cometido contra mí.
Y haceos un corazón y un espíritu nuevo.
      ¿Por qué queréis morir, casa de Israel?
Yo no me complazco en la muerte de nadie, sea quien sea,
      —oráculo del Señor—.
Convertíos y vivid».

Palabra de Dios.

III

Rasgad los corazones, no las vestiduras

Lectura de la profecía de Joel 2, 12-18.

Dice el Señor:
Convertíos a mí de todo corazón:
      con ayuno, con llanto, con luto.
Rasgad los corazones, no las vestiduras;
convertíos al Señor, Dios vuestro;
porque es compasivo y misericordioso,
      lento a la cólera, rico en piedad,
      y se arrepiente de las amenazas.
Quizá se convierta y se arrepienta
      y nos deje todavía su bendición, la ofrenda,
      la libación para el Señor nuestro Dios.
Tocad la trompeta en Sión,
      proclamad el ayuno, convocad la reunión;
      congregad al pueblo, santificad la asamblea,
      reunid a los ancianos,
      congregad a muchachos y niños de pecho.
Salga el esposo de la alcoba;
      la esposa del tálamo.
Entre el atrio y el altar lloren los sacerdotes,
      ministros del Señor, y digan:
— «Perdona, Señor, a tu pueblo,
      no entregues tu heredad al oprobio,
      no la dominen los gentiles,
      no se diga entre las naciones:
      ¿Dónde está su Dios?
Que el Señor sienta celos por su tierra,
      y perdone a su pueblo».

Palabra de Dios.

IV

Los ninivitas se convirtieron de su mala vida

Lectura de la profecía de Jonás 3, 1-10.

Vino la palabra del Señor sobre Jonás:
      — «Levántate y vete a Nínive, la gran ciudad, y pregona allí el pregón que te diré».
      Se levantó Jonás y fue a Nínive, como le había mandado el Señor. (Nínive era una ciudad enorme, tres días hacían falta para atravesarla,) Comenzó Jonás a entrar por la ciudad y caminó durante un día, pregonando:
      —«Dentro de cuarenta días Nínive será arrasada».
      Los ninivitas creyeron en Dios, proclamaron un ayuno y se vistieron de sayal, grandes y pequeños.
      Llegó la noticia al rey de Nínive: se levantó del trono, dejó el manto, se cubrió de sayal y se sentó en tierra y mandó proclamar a Nínive en nombre suyo y del gobierno:
      —«Que hombres y animales, vacas y ovejas, no prueben bocado, no pasten ni beban; vístanse de sayal hombres y animales; invoquen con ahínco a Dios, que se conviértanse cada cual de su mala vida y de las injusticias cometidas. ¡Quién sabe si Dios se arrepentirá y nos dará respiro, si aplacará el incendio de su ira, y no pereceremos!
      Cuando vio Dios sus obras y cómo se convertían de su mala vida, se compadeció y se arrepintió de la catástrofe con que había amenazado a Nínive, y no la ejecutó.

Palabra de Dios.


LECTURAS DEL NUEVO TESTAMENTO

I

Pensad que habéis muerto al pecado y vivid para Dios

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos 6, 2-4. 12-14.

      Hermanos:
      Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo seguir viviendo en él?
      Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte.
      Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
      Que el pecado no siga dominando vuestro cuerpo mortal, ni seáis súbditos de los deseos del cuerpo.
      No pongáis vuestros miembros al servicio del pecado como instrumentos del mal; ofreceos a Dios como hombres que de la muerte han vuelto a la vida, y poned a su servicio vuestros miembros, como instrumentos del bien.
      Porque el pecado no os dominará: ya no estáis bajo la ley, sino bajo la gracias.

Palabra de Dios.

II

La sangre de Jesucristo nos limpia los pecados

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan 1, 5 - 2, 2.

Queridos hermanos:
Os anunciamos el mensaje que hemos oído a Jesucristo:
      Dios es luz sin ninguna oscuridad.
Si decimos que estamos unidos a él,
      mientras vivimos en la oscuridad
      mentimos con palabras y obras.
Pero si vivimos en la luz,
      lo mismo que Jesucristo está en la luz,
      entonces estamos unidos unos con otros
      y la sangre de su hijo Jesús
      nos limpia los pecados.
Si decimos que no hemos pecado,
      nos engañamos y no somos sinceros.
Pero si confesamos nuestros pecados,
      él, que es fiel y justo,
      nos perdonará los pecados
      y nos lavará los delitos.
Si decimos que no hemos pecado,
      le hacemos mentiroso
      y no poseemos su palabra.
Hijos míos,
      os escribo esto para que no pequéis.
Pero si alguno peca,
      tenemos a uno que abogue ante el Padre:
      a Jesucristo, el Justo.
El es víctima de propiciación por nuestros pecados,
      no sólo por los nuestros,
      sino también por los del mundo entero.

Palabra de Dios.

Salmos responsoriales

I

Sal 50, 3-4. 5-6a. 12-13. 14 y 17

V/. Misericordia, Señor, porque hemos pecado.

R/. Misericordia, Señor, porque hemos pecado.

Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
      por tu inmensa compasión borra mi culpa,
lava del todo mi delito,
      limpia mi pecado.

R/. Misericordia, Señor, porque hemos pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
      tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
      cometí la maldad que aborreces.

R/. Misericordia, Señor, porque hemos pecado.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no
me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.

R/. Misericordia, Señor, porque hemos pecado.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
      afiánzame con espíritu generoso.
Señor, me abrirás los labios,
      y mi boca proclamará tu alabanza.

R/. Misericordia, Señor, porque hemos pecado.

II

Sal 102, 1-2. 3-4. 8-9. 11-12

V/. No nos trates como merecen nuestros pecados, Señor, ni nos pagues según nuestras culpas.
      o
      El Señor es compasivo y misericordioso.

R/. No nos trates como merecen nuestros pecados, Señor, ni nos pagues según nuestras culpas.

Bendice, alma mía, al Señor,
      y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
      y no olvides sus beneficios.

R/. No nos trates como merecen nuestros pecados, Señor, ni nos pagues según nuestras culpas.

Él perdona todas tus culpas
      y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa
      y te colma de gracia y de ternura.

R/. No nos trates como merecen nuestros pecados, Señor, ni nos pagues según nuestras culpas.

El Señor es compasivo y misericordioso,
      lento a la ira y rico en clemencia;
no está siempre acusando,
      ni guarda rencor perpetuo.

R/. No nos trates como merecen nuestros pecados, Señor, ni nos pagues según nuestras culpas.

Como se levanta el cielo sobre la tierra,
      se levanta su bondad sobre sus fieles;
como dista el oriente del ocaso,
      así aleja de nosotros nuestros delitos.

R/. No nos trates como merecen nuestros pecados, Señor, ni nos pagues según nuestras culpas.

III

Sal 129, 1-2. 3-4. 5-6. 7-8

V/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?


Desde lo hondo a ti grito, Señor;
      Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
      a la voz de mi súplica.

R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Si llevas cuenta de los delitos, Señor,
      ¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
      y así infundes respeto.

R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Mi alma espera en el Señor,
      espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
      más que el centinela la aurora.

R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?

Aguarde Israel al Señor,
      como el centinela la aurora;
porque del Señor viene la misericordia,
      la redención copiosa:
y él redimirá a Israel
      de todos sus delitos.

R/. Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir?


Aleluya y versículos antes del Evangelio

Ez 33, 11

No quiero la muerte del malvado,
      dice el Señor,
sino que cambie de conducta y viva.

Mc 1, 15

Está cerca el reino de Dios.
      Convertíos y creed en el Evangelio.

Apoc 1, 5ab

Jesucristo, el Testigo fiel,
      el Primogénito de entre los muertos;
nos amó y nos has liberado de nuestros pecados por su sangre.


EVANGELIOS

I

La gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 9, 1-8.

      En aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. Le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:
      — «Ánimo, hijo!, tus pecados están perdonados».
      Algunos de los escribas se dijeron:
      — «Éste blasfema».
      Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
      — «¿Por qué pensáis mal? ¿Qué es más fácil decir: "Tus pecados están perdonados", o decir: "Levántate y anda"? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados—dijo dirigiéndose al paralítico—:
      "Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa"».
      Se puso en pie, y se fue a su casa.
      Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

Palabra del Señor.

II

Convertíos y creed la Buena Nueva

 Lectura del santo Evangelio según san Marcos 1, 1-8. 14-15.

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios.
Está escrito en el Profeta Isaías:
      «Yo envío mi mensajero delante de ti
      para que te prepare el camino.
Una voz grita en el desierto:
      "Preparad el camino del Señor,
      allanad sus senderos"».
      Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán.
      Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:
      — «Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme para desatarle las sandalias.
      Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo».
      Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: 
      — «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed la Buena Noticia». 

Palabra del Señor.

III

Sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor

 Lectura del santo Evangelio según san Lucas 7, 36-50.

      En aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él. Jesús, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. Y una mujer de la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino con un frasco de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con sus lágrimas, se los enjugaba con sus cabellos, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
      — «Si éste fuera profeta, sabría quién es esta mujer que lo está tocando y lo que es: una pecadora».
      Jesús tomó la palabra y le dijo:
      — «Simón, tengo algo que decirte»,
      Él respondió:
      — «Dímelo, maestro».
      Jesús le dijo:
      — «Un prestamista tenía dos deudores; uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de los dos lo amará más?»
      Simón contestó:
      — «Supongo que aquel a quien le perdonó más».
      Jesús le dijo:
      — «Has juzgado rectamente».
      Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
      — «¿Ves a esta mujer? Cuando yo entré en tu casa, no me pusiste agua para los pies; ella, en cambio, me ha lavado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con su pelo. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por esto te digo: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor; pero al que poco se le perdona, poco ama».
      Y a ella le dijo:
      — «Tus pecados están perdonados».
      Los demás convidados empezaron a decir entre sí:
      — «Quién es éste, que hasta perdona pecados?»
      Pero Jesús dijo a la mujer:
      — «Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Palabra del Señor.

IV

Deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido

 Lectura del santo Evangelio según san Lucas 15, 1-3. 11-32.

      En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos:
      — «Ése acoge a los pecadores y come con ellos».
      Jesús les dijo esta parábola:
      — «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
      "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna".
      El padre les repartió los bienes.
      No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, emigró a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
      Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
      Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país que lo mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el estómago de las algarrobas que comían los cerdos; y nadie le daba de comer.
      Recapacitando entonces, se dijo:
      "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros".
      Se puso en camino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; y, echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo.
      Su hijo le dijo:
      "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo".
      Pero el padre dijo a sus criados:
      "Sacad en seguida el mejor traje y vestidlo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado".
      Y empezaron el banquete.
      Su hijo mayor estaba en el campo.
      Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y el baile, y llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
      Éste le contestó:
      "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha matado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud".
      Él se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
      Y él replicó a su padre:
      "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mi nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado".
      El padre le dijo:
      "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido, y lo hemos encontrado"».

Palabra del Señor.

V

Jesús envía a los apóstoles a predicar la conversión y el perdón de los pecados

 Lectura del santo Evangelio según san Lucas 24, 46-48.

      En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
      — «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén.
      Y vosotros sois testigos de esto».

Palabra del Señor. -

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