Misal Romano - Vigilia Pascual en la Noche Santa

Triduo Pascual

DOMINGO DE PASCUA
DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

En la noche santa
Vigilia pascual

1. Según una antiquísima tradición, ésta es una noche de vela en honor del Señor (Ex 12, 42). Los fieles, tal como lo recomienda el Evangelio (Lc 12, 35 ss), deben asemejarse a los criados que, con las lámparas encendidas en sus manos, esperan el retorno de su Señor, para que cuando llegue les encuentre en vela y los invite a sentarse a su mesa.

2. La celebración de esta Vigilia se desarrolla de la siguiente manera: después de un breve lucernario o liturgia de la luz (que es la primera parte de la Vigilia), la santa Iglesia, llena de fe en las palabras y en las promesas del Señor, contempla las maravillas que el Señor Dios realizó desde el principio en favor de su pueblo (segunda parte de la Vigilia o liturgia de la palabra), hasta que, al acercarse el día de la resurrección y acompañada ya de sus nuevos hijos renacidos en el bautismo (tercera parte de la Vigilia o liturgia bautismal), es invitada a la mesa que el Señor, por medio de su muerte y resurrección, ha preparado para su pueblo (cuarta parte de la Vigilia o liturgia eucarística).

3. Toda la celebración de la Vigilia pascual debe hacerse durante la noche. Por ello no debe escogerse ni una hora tan temprana que la Vigilia empiece antes del inicio de la noche, ni tan tardía que concluya después del alba del domingo.

4. La misa de la Vigilia pascual, aunque se celebre antes de la medianoche, es ya la misa de Pascua del Domingo de Resurrección.

5. Los fieles que participan en la misa de la Vigilia pueden comulgar de nuevo en la segunda misa del día de Pascua. El que celebra o concelebra la misa de la noche pascual puede celebrar o concelebrar de nuevo la segunda misa del día de Pascua.

6. El sacerdote y el diácono se revisten desde el principio con las vestiduras blancas que han de usar en la misa.

Han de prepararse velas suficientes para todos los fieles que participen en la Vigilia pascual. Se apagan todas las luces de la iglesia.

Primera parte
Lucernario o solemne comienzo de la Vigilia

Bendición del fuego y preparación del cirio

7. En un lugar adecuado, fuera de la iglesia, se enciende el fuego. Congregado allí el pueblo, llega el sacerdote con los ministros. Uno de los ministros lleva el cirio pascual. Si las circunstancias no permiten encender el fuego fuera de la iglesia, todo este rito se desarrolla como se indica en el número 13.

8. El sacerdote saluda, como de costumbre, al pueblo congregado y le hace una breve monición, con estas palabras u otras semejantes:

Hermanos:

En esta noche santa, en que nuestro Señor Jesucristo ha pasado de la muerte a la vida, la Iglesia invita a todos sus hijos, diseminados por el mundo, a que se reúnan para velar en oración. Si recordamos así la Pascua del Señor, oyendo su palabra y celebrando sus misterios, podremos esperar tener parte en su triunfo sobre la muerte y vivir con él siempre en Dios.

9. Seguidamente se bendice el fuego:

Oremos.
Oh Dios, que por medio de tu Hijo 
has dado a tus fieles el fuego de tu luz, 
santifica X este fuego, 
y concédenos 
que la celebración de estas fiestas pascuales 
encienda en nosotros deseos tan santos 
que podamos llegar con corazón limpio 
a las fiestas de la eterna luz. 
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.

Del fuego nuevo se enciende el cirio pascual.

10. Si la idiosincrasia del pueblo lo aconseja, puede resaltarse la importancia y significado del cirio pascual por medio de algunos símbolos. Esto podría hacerse de la siguiente manera:

Bendecido el fuego nuevo, un acólito, u otro ministro, lleva el cirio pascual ante el celebrante; éste, con un punzón, graba una cruz en el cirio. Después, traza en la parte superior de esta cruz la letra griega Alfa, y debajo la misma la letra griega Omega; en los ángulos que forman los brazos de la cruz traza los cuatro números del año en curso. Mientras estos signos, dice:

1. Cristo ayer y hoy, (Graba el trazo vertical de la cruz.)

2. principio y fin, (Graba el trazo horizontal.)

3. alfa (Graba la letra Alfa sobre el trazo vertical.)

4. y omega. (Graba la letra Omega debajo del trazo vertical.)

5. Suyo es el tiempo (Graba el primer número del año en curso en el ángulo izquierdo superior de la cruz.)

6. y la eternidad. (Graba el segundo número del año en curso en el ángulo derecho superior de la cruz.)

7. A él la gloria y el poder, (Graba el tercer número del año en curso en el ángulo izquierdo inferior de la cruz.)

8. por los siglos de los siglos. Amén. (Graba el cuarto número del año en curso en el ángulo derecho inferior de la cruz.)

11. Acabada la incisión la cruz y los otros signos, el sacerdote puede incrustar en el cirio cinco granos de incienso, en forma de cruz, mientras dice:

1
4 2 5
3

1. Por sus llagas 

2. santas y gloriosas,

3. nos proteja

4. y nos guarde

5. Jesucristo nuestro Señor. Amén.

12. El sacerdote enciende el cirio pascual con el fuego nuevo, diciendo:

La luz de Cristo, que resucita glorioso, 
disipe las tinieblas del corazón y del espíritu.

Todos los ritos indicados en los números 10-12 puede realizarse total o parcialmente, según las circunstancias pastorales del ambiente y del lugar. Las Conferencias Episcopales pueden establecer también otros ritos más acomodados a la idiosincrasia de cada pueblo en concreto.
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13. Cuando por alguna razón no parezca aconsejable encender una hoguera fuera de la iglesia, la bendición del fuego se acomodará a las circunstancias. Reunido el pueblo en la iglesia como de costumbre, el sacerdote y los ministros, uno de los cuales lleva el cirio pascual, se dirigen a la puerta de la iglesia. El pueblo, en cuanto sea posible, se vuelve hacia el celebrante.


El sacerdote saluda al pueblo y hace la monición inicial, tal como se indica en el número 8; después bendice el fuego (núm. 9) y, si parece oportuno, se prepara y se enciende el cirio, como se indica en los números. 10-12
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Procesión

14. Seguidamente el diácono o -en su defecto- el sacerdote toma el cirio pascual y, manteniéndolo elevado, canta él solo:

Luz del Cristo.

Y todos responden:

Demos gracias a Dios.

O bien:

Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre 
celeste inmortal, santo y feliz Jesucristo.

Después todos entran en la iglesia precedidos por el diácono (o el sacerdote) con el cirio pascual. Si se emplea el incienso, el turiferario con el incensario humeante va delante del diácono.

15. En la puerta de la iglesia, el diácono, de pie y elevando el cirio, canta de nuevo:

Luz de Cristo.

Y todos responden:

Demos gracias a Dios.

Y encienden sus velas de la llama del cirio pascual, y avanzan.

16. El diácono, al llegar ante el altar, de pie y vuelto al pueblo, canta por tercera vez:

Luz de Cristo.

Y todos repiten por tercera vez la aclamación.

Y se encienden las luces de la iglesia.

Pregón pascual

17. Cuando el sacerdote ha llegado al altar, va a su sede. El diácono pone el cirio pascual sobre un candelabro colocado en medio del presbiterio o junto al ambón; seguidamente, una vez puesto el incienso -si se emplea- como para el evangelio en la misa, pide y recibe la bendición del sacerdote, que dice en voz baja:

El Señor esté en tu corazón y en tus labios,
para que anuncies dignamente su pregón pascual;
en el nombre del Padre, y del Hijo X y del Espíritu Santo.
R/. Amén.

Esta bendición se omite si el pregón pascual es proclamado por otro que no sea el diácono. El diácono o -en su defecto- el mismo sacerdote, una vez incensados el libro y el cirio -si lo cree oportuno- anuncia el pregón pascual en el ambón o púlpito, estando todos de pie y con las velas encendidas en las manos.

El pregón pascual puede ser anunciado, si es necesario, por un cantor que no sea diácono; en este  caso, omite las palabras: Por eso, queridos hermanos, hasta el final de la invitación, y el saludo: El Señor esté con vosotros.

El pregón puede ser cantado también en su forma más breve. Las Conferencias Episcopales pueden adaptar el pregón, para que puedan ser insertadas en él algunas aclamaciones del pueblo.

18. Forma larga del pregón pascual

Exulten por fin los coros de los ángeles, 
exulten las jerarquías del cielo, 
y por la victoria de Rey tan poderoso 
que las trompetas anuncien la salvación. 

Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, 
y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, 
se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. 

Alégrese también nuestra madre la Iglesia, 
revestida de luz tan brillante;
resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

Por eso, queridos hermanos, 
que asistís a la admirable claridad de esta luz santa, 
invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente, 
para que aquel que, sin mérito mío, 
me agregó al número de sus diáconos, 
infundiendo el resplandor de su luz, 
me ayude a cantar las alabanzas de este cirio.

[V/. El Señor esté con vosotros.
R/. Y con tu espíritu.]

V/. Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario 
aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón 
a Dios invisible, el Padre todopoderoso, 
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre 
la deuda de Adán 
y, derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado. 

Porque éstas son las fiestas de Pascua, 
en las que se inmola el verdadero Cordero, 
cuya sangre consagra las puertas de los fieles. 

Ésta es la noche 
en que sacaste de Egipto 
a los israelitas, nuestros padres, 
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Ésta es la noche 
en que la columna de fuego 
esclareció las tinieblas del pecado. 

Ésta es la noche 
en que, por toda la tierra, 
los que confiesan su fe en Cristo 
son arrancados de los vicios del mundo 
y de la oscuridad del pecado, 
son restituidos a la gracia 
y son agregados a los santos. 

Ésta es la noche 
en que, rotas las cadenas de la muerte, 
Cristo asciende victorioso del abismo. 
¿De qué nos serviría haber nacido 
si no hubiéramos sido rescatados?

¡Que asombroso beneficio de tu amor por nosotros! 
¡Qué incomparable ternura y caridad! 
¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo! 

Necesario fue el pecado de Adán, 
que ha sido borrado por la muerte de Cristo. 
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! 

¡Qué noche tan dichosa! 
Solo ella conoció el momento 
en que Cristo resucitó de entre los muertos. 

Esta es la noche 
de la que estaba escrito: 
"Será la noche clara como el día, 
la noche iluminada por mi gozo".
Y así, esta noche santa 
ahuyenta los pecados, 
lava las culpas, 
devuelve la inocencia a los caídos, 
la alegría a los tristes, 
expulsa el odio, trae la concordia, 
doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia, 
acepta, Padre santo, 
este sacrificio vespertino de alabanza, 
que la santa Iglesia te ofrece 
por medio de sus ministros 
en la solemne ofrenda de este cirio, 
hecho con cera de abejas. 

Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, 
ardiendo en llama viva para la gloria de Dios. 
Y aunque distribuye su luz, 
no mengua al repartirla, 
porque se alimenta de esta cera fundida, 
que elaboró la abeja fecunda 
para hacer esta lámpara preciosa.

¡Qué noche tan dichosa, 
en que se une el cielo con la tierra, 
lo humano con lo divino!

Te rogamos, Señor, que este cirio, 
consagrado a tu nombre, 
arda sin apagarse 
para destruir la oscuridad de esta noche, 
y, como ofrenda agradable, 
se asocie a las lumbreras del cielo. 

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, 
ese lucero que no conoce ocaso 
y es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro, 
brilla sereno para el linaje humano, 
y vive y reina glorioso 
por los siglos de los siglos.

R/. Amén.

19. Forma breve del pregón pascual

Exulten por fin los coros de los ángeles, 
exulten las jerarquías del cielo, 
y por la victoria de Rey tan poderoso 
que las trompetas anuncien la salvación. 

Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, 
y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, 
se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. 

Alégrese también nuestra madre la Iglesia, 
revestida de luz tan brillante;
resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.

[V/. El Señor esté con vosotros.
R/. Y con tu espíritu.]

V/. Levantemos el corazón.
R/. Lo tenemos levantado hacia el Señor.

V/. Demos gracias al Señor, nuestro Dios.
R/. Es justo y necesario.

En verdad es justo y necesario 
aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón 
a Dios invisible, el Padre todopoderoso, 
y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre 
la deuda de Adán 
y, derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado. 

Porque éstas son las fiestas de Pascua, 
en las que se inmola el verdadero Cordero, 
cuya sangre consagra las puertas de los fieles. 

Ésta es la noche 
en que sacaste de Egipto 
a los israelitas, nuestros padres, 
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.

Ésta es la noche 
en que la columna de fuego 
esclareció las tinieblas del pecado. 

Ésta es la noche 
en que, por toda la tierra, 
los que confiesan su fe en Cristo 
son arrancados de los vicios del mundo 
y de la oscuridad del pecado, 
son restituidos a la gracia 
y son agregados a los santos. 

Ésta es la noche 
en que, rotas las cadenas de la muerte, 
Cristo asciende victorioso del abismo. 

¡Que asombroso beneficio de tu amor por nosotros! 
¡Qué incomparable ternura y caridad! 
¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo! 

Necesario fue el pecado de Adán, 
que ha sido borrado por la muerte de Cristo. 
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! 

Y así, esta noche santa 
ahuyenta los pecados, 
lava las culpas, 
devuelve la inocencia a los caídos, 
la alegría a los tristes, 
expulsa el odio, trae la concordia, 
doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia, 
acepta, Padre santo, 
este sacrificio vespertino de alabanza, 
que la santa Iglesia te ofrece 
por medio de sus ministros 
en la solemne ofrenda de este cirio, 
hecho con cera de abejas. 

¡Qué noche tan dichosa, 
en que se une el cielo con la tierra, 
lo humano con lo divino!

Te rogamos, Señor, que este cirio, 
consagrado a tu nombre, 
arda sin apagarse 
para destruir la oscuridad de esta noche, 
y, como ofrenda agradable, 
se asocie a las lumbreras del cielo. 

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, 
ese lucero que no conoce ocaso 
y es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro, 
brilla sereno para el linaje humano, 
y vive y reina glorioso 
por los siglos de los siglos.

R/. Amén.


Segunda parte
Liturgia de la palabra

20. En esta vigilia, "madre de todas las vigilias", se proponen nueve lecturas, siete del antiguo Testamento y dos del nuevo (epístola y evangelio).

21. Por motivos de orden pastoral puede reducirse el número de lecturas del antiguo Testamento. Pero téngase siempre en cuenta que la lectura de la palabra divina es parte fundamental de esta Vigilia pascual. Deben leerse, por lo menos, tres lecturas del antiguo Testamento, que en casos muy especiales pueden reducirse a dos. Nunca puede omitirse la lectura del capítulo 14 del Éxodo (tercera lectura).

22. Apagadas las velas todos se sientan. Antes de comenzar las lecturas, el sacerdote hace una breve monición al pueblo con estas palabras u otras semejantes.

Hermanos: Con el pregón solemne de la Pascua, hemos entrado ya en la noche santa de la resurrección del Señor. Escuchemos, en silencio meditativo, la palabra de Dios. Recordemos las maravillas que Dios ha realizado para salvar al primer Israel y como en el avance continuo de la Historia de la salvación, al llegar a los últimos tiempos, envió al mundo a su Hijo, para que, con su muerte y resurrección, salvara a todos los hombres. Mientras contemplamos la gran trayectoria de esta Historia santa, oremos intensamente para que el designio de salvación universal, que Dios inició con Israel, llegue a su plenitud y alcance a toda la humanidad por el misterio de la resurrección de Jesucristo.

Oraciones para después de cada lectura

23. Después siguen las lecturas. El lector se dirige al ambón y lee la primera de ellas. Seguidamente el salmista o un cantor dice el salmo, proclamando el pueblo la respuesta. Acabado el salmo todos se levantan y el sacerdote dice: Oremos, y después que todos han orado en silencio durante algún tiempo, dice la oración colecta.

En lugar del salmo responsorial se puede guardar un espacio de silencia sagrada, omitiendo en esta caso la pausa después del Oremos.

24. Después de la primera lectura (La creación del hombre: Gn 1, 1. 26-31a).

Dios todopoderoso y eterno,
admirable siempre en todas tus obras;
que tus redimidos comprendan
cómo la cración del mundo
en el comienzo de los siglos
no fue obra de mayor grandeza 
que el sacrificio de Cristo
en la plenitud de los tiempo.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

O bien:

Oh Dios, que con acción maravillosa creaste al hombre 
y con mayor maravilla lo redimiste; 
concédenos resistir a los atractivos del pecado, 
guiados por la sabiduría del Espíritu, 
para llegar a las alegrías del cielo. 
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

25. Después de la segunda lectura (El sacrificio de Abrahán: Ge 22, 1-2. 9a. 10-13. 15-18).

Oh Dios, Padre supremo de los creyentes, 
que multiplicas sobre la tierra 
los hijos de tu promesa con la gracia de la adopción 
y, por el misterio pascual, 
hiciste de tu siervo Abrahán
el padre de todas las naciones, 
como lo habías prometido: 
concede a tu pueblo 
responder dignamente a la gracia de tu llamada. 
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

26. Después de la tercera lectura (El paso del mar Rojo: Ex 14, 15-15,1).

También ahora, Señor,
vemor brillar tus antiguas maravillas,
y lo mismo que en otro tiempo manifestabas tu poder
al liberar a un solo pueblo de la persecución del Faraón,
hoy aseguras la salación de todas las naciones,
haciéndolas renacer por las aguas del bautismo;
te pedimos que los hombres del mundo etero
lleguen a ser hijos de Abrahán
y miembros del nuevo Israel.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

O bien:

Oh Dios, que has iluminado los prodigios 
de los tiempos antiguos 
con la luz del Nuevo Testamento: 
el mar Rojo fue imagen de la fuente bautismal, 
y el pueblo liberado de la esclavitud, 
imagen de la familia cristiana; 
concede que todos los pueblos, 
elevados por su fe a la dignidad de pueblo elegido, 
se regeneren por la participación de tu Espíritu. 
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

27. Después de la cuarta lectura (la nueva Jerusalén: Is 54, 5-14).

Dios todopoderoso y eterno, 
multiplica, fiel a tu palabra, 
la descendencia que aseguraste a la fe de nuestros padres, 
y aumenta con tu adopción los hijos de la promesa, 
para que tu Iglesia vea en qué medida se ha cumplido 
ya cuanto los patriarcas creyeron y esperaron. 
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

28. Después de la quinta lectura (la salvación que se ofrece gratuitamente a todos: Is 55, 1-11).

Dios todopoderoso y eterno, 
esperanza única del mundo 
que anunciaste por la voz de tus profetas 
los misterios de los tiempos presentes,
atiende los deseos de tu pueblo, 
porque ninguno de tus fieles puede progresar en la virtud 
sin la inspiración de tu gracia. 
Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.

29. Después de la sexta lectura (la fuente de la sabiduría: Bar 3,9-15. 31-4, 4).

¡Oh Dios!, que sin cesar haces crecer a tu Iglesia 
agregando a ella nuevos hijos:
defiende con tu constante protección a cuantos purificas en el agua del bautismo. 
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

30. Después de la séptima lectura (el corazón nuevo y el espíritu nuevo: Ez 36, 16-28).

Oh Dios, poder inmutable y luz sin ocaso,
mira con bodad a tu Iglesia,
sacramento de la nueva alianza,
y según tus eternos designos,
lleva a término la obra de la salvación humana;
que todo el mundo experimente y vea
cómo lo abatido se levanta,
lo viejo se renueva
y vuelve a su integridad primera,
por medio de nuestro Señor Jesucristo,
de quien todo procede.
Él, que vive y reina por los siglos de los siglos.
R/. Amén.

O bien:

Oh Dios, que para celebrar el misterio pascual 
nos instruyes con las enseñanzas de los dos Testamentos, 
concédenos penetrar en los designios de tu amor, 
para que en los dones que hemos recibido, 
percibamos la esperanza de los bienes futuros. 
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

31. Después de de la última lectura del antiguo Testamento, con su salmo responsorial y oración, se encienden los cirios del altar, y el sacerdote entona el himno Gloria a Dios, que todos prosiguen mientras se hacen tocar las campanas, según las costumbres de cada lugar.

32. Acabado el himno, el sacerdote dice la oración colecta, como de costumbre.

Oremos. 
Dios nuestro, que iluminas esta noche santa 
con la gloria de la resurrección del Señor, 
aviva en tu Iglesia el espíritu filial, 
para que, renovados en cuerpo y alma, 
nos entreguemos plenamente a tu servicio. 
Por nuestro Señor Jesucristo.

33. Seguidamente un lector proclama la lectura del Apóstol.

34. Acabada la epístola todos se levantan, y el sacerdote –o si fuera necesario un salmista– entona solemnemente el Aleluya, que repiten todos. Después el salmista o cantor proclama el salmo, y el pueblo intercala Aleluya, en cada una de sus estrofas.

35. Para el Evangelio no se llevan cirios, sino solamente incienso, si se emplea.

36. Inmediatamente después del Evangelio se hace la homilía. 

Después comienza la liturgia bautismal.


Tercera parte
Liturgia bautismal

37. El sacerdote, con los ministros se dirige a la fuente bautismal, si ésta se encuentra situada a la vista de los fieles. Si no es así, se coloca un recipiente con agua bautismal en el presbiterio. Si hay catecúmenos adultos, se los llama y sus padrinos los presentan; pero si los catecúmenos son  niños, son sus padres y padrinos quienes los llevan y presentan ante toda la asamblea.

Después el sacerdote hace a los presentes una monición con estas palabras u otras parecidas.

Hermanos, acompañemos con nuestra oración a estos catecúmenos que anhelan renacer a una nueva vida en la fuente bautismal y pidamos insistentemente todos juntos a Dios, nuestro Padre, que guíe y acompañe sus pasos hacia la fuente bautismal.

Si se bendice la fuente, pero no hay bautizandos:

Invoquemos, queridos hermanos, a Dios todopoderoso, y pidámosle que con su poder santifique esta agua, para que cuantos en ella renazcan por el bautismo sean incorporados a Cristo y contados entre los hijos de adopción.

39. Dos cantores entonan las letanías a las que todos responden, estando en pie (por razón del tiempo pascual). Si la procesión hasta el bautisterio es larga, las letanías se cantan durante dicha procesión; en este caso, se llama a los catecúmenos, antes de empezar la procesión. Esta procesión se organiza de la siguiente manera: abre la procesión un ministro con el cirio pascual, siguen los catecúmenos con los padrinos y, finalmente, va el sacerdote con los ministros. En este caso, la monición precedente se hace antes de la bendición del agua.

40. Si no hay bautizos ni bendición de la fuente, omitidas las letanías, se procede inmediatamente a la bendición del agua (número 45).

41. En las letanías se pueden añadir algunos nombres de santos, especialmente el del titular de la iglesia, el de los patronos del lugar y el de los que van a ser bautizados.

Señor, ten piedad.                                                   Señor, ten piedad.
Cristo, ten piedad.                                                   Cristo, ten piedad.
Señor, ten piedad.                                                   Señor, ten piedad.
Santa María, Madre de Dios.                                  Ruega por nosotros.
San Miguel.                                                            Ruega por nosotros.
Santos Ángeles                                                       Rogad por nosotros.
San Juan Bautista.                                                   Ruega por nosotros.
San José.                                                                Ruega por nosotros.
Santos Pedro y Pablo.                                             Rogad por nosotros.
San Andrés.                                                            Ruega por nosotros.
San Juan.                                                                Ruega por nosotros.
Santa María Magdalena.                                         Ruega por nosotros.
San Esteban.                                                           Ruega por nosotros.
San Ignacio de Antioquía.                                        Ruega por nosotros.
San Lorenzo.                                                           Ruega por nosotros.
Santas Perpetua y Felicidad.                                    Rogad por nosotros.
Santa Inés.                                                              Ruega por nosotros.
San Gregorio.                                                          Ruega por nosotros.
San Agustín.                                                            Ruega por nosotros.
San Atanasio.                                                          Ruega por nosotros.
San Basilio.                                                             Ruega por nosotros.
San Martín.                                                             Ruega por nosotros.
San Benito.                                                             Ruega por nosotros.
Santos Francisco y Domingo.                                  Rogad por nosotros.
San Francisco Javier.                                              Ruega por nosotros.
San Juan María Vianney.                                         Rogad por nosotros.
Santa Catalina de Siena.                                          Ruega por nosotros.
Santa Teresa de Jesús.                                            Ruega por nosotros.
Santos y Santas de Dios.                                         Rogad por nosotros.

Muéstrate propicio.                                                 Líbranos, Señor.
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Por tu muerte y resurrección.                                   Líbranos, Señor.
Por el envío del Espíritu Santo.                                Líbranos, Señor.

Nosotros, que somos pecadores.                            Te rogamos, óyenos.

Si hay buatizados:

Para que regeneres a estos elegidos 
     con la gracia del bautismo.                                  Te rogamos, óyenos.

Si no hay bautizos:

Para que santifiques esta agua 
     en la que renacerán tus nuevos hijos.                   Te rogamos, óyenos.
Jesús, Hijo de Dios vivo.                                          Te rogamos, óyenos.

Si hay bautizandos, el sacerdote dice la siguiente oración con las manos extendidas:

Que tu eficacia, 
Dios todopoderoso y eterno, 
se manifieste en estos sacramentos, 
obra de tu amor.
Que el espíritu de adopción 
descienda sobre los nuevos hijos 
que van a nacer de la fuente bautismal. 
Que tu poder dé eficacia a la acción de tu ministro. 
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R/. Amén.

Bendición del agua bautismal

42. Enseguida el sacerdote bendice el agua bautismal, diciendo la siguiente oración con las manos extendidas:

Oh Dios, que realizas en tus sacramentos obras admirables 
con tu poder invisible, 
y de diversos modos te has servido de tu criatura el agua 
para significar la gracia del bautismo.

Oh Dios, cuyo espíritu, en los orígenes del mundo, 
se cernía sobre las aguas, 
para que ya desde entonces 
concibieran el poder de santificar.

Oh Dios, que incluso en las aguas torrenciales del diluvio 
prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad, 
de modo que una misma agua 
pusiera fin al pecado y diera origen a la santidad.

Oh Dios, que hiciste pasar a pie enjuto por el mar Rojo 
a los hijos de Abrahán, 
para que el pueblo liberado de la esclavitud del Faraón 
fuera imagen de la familia de los bautizados.

Oh Dios, cuyo Hijo, al ser bautizado por Juan 
en el agua del Jordán, 
fue ungido por el Espíritu Santo; 
colgado en la cruz vertió de su costado agua, junto con la sangre; 
y después de su resurrección mandó a sus apóstoles: 
"Id y haced discípulos de todos los pueblos,
bautizándolos 
en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo".

Mira ahora a tu Iglesia en oración 
y abre para ella la fuente del bautismo. 
Que esta agua reciba, por la obra del Espíritu Santo, 
la gracia de tu Unigénito, 
para que el hombre, 
creado a tu imagen y limpio en el bautismo, 
muera al hombre viejo 
y renazca, como niño, a nueva vida
por el agua y el Espíritu.

Y, metiendo, si lo cree oportuno, el cirio pascual en el agua una o tres veces, prosigue: 

Te pedimos, Señor, 
que el poder del Espíritu Santo, 
por tu Hijo, 
descienda sobre el agua de esta fuente, 
y, teniendo el cirio en el agua, prosigue: 
para que todos los sepultados con Cristo en su muerte, 
por el bautismo, 
resuciten con él a la vida. 
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.

43. Seguidamente saca el cirio del agua, y el pueblo hace la siguiente aclamación u otra semejante:

Manantiales, bendecid al Señor,
ensalzadlo con himnos por los siglos.

44. Cada uno de los catecúmenos hace la renuncia a Satanás y la profesión de fe y, a continuación, recibe el bautismo.

Si está presente el obispo, los catecúmenos adultos reciben inmediatamente la confirmación; en caso contrario, el presbítero que ha administrado el bautismo puede también confirmar a los catecúmenos adultos (Cf. Ritual de la iniciación cristiana de adultos, nn. 228 y 362).

Bendición del agua común

45. Si no hay bautizos, ni se bendice la fuente bautismal, el sacerdote bendice el agua con la siguiente oración:

Invoquemos, queridos hermanos, a Dios Padre todopoderoso, para que bendiga esta agua, que va a ser derramada sobre nosotros en memoria de nuestro bautismo, y pidámosle que nos renueve interiormente, para que permanezcamos fieles al Espíritu que hemos recibido.

Después de una breve oración en silencio, prosigue con las manos juntas:

Señor, Dios nuestro, 
escucha las oraciones de tu pueblo 
que vela en esta noche santa, 
en que celebramos la acción maravillosa de nuestra creación 
y la maravilla aún más grande, 
de nuestra redención; 
dígnate bendecir X esta agua. 
La creaste para hacer fecunda la tierra 
y para favorecer nuestros cuerpos 
con el frescor y la limpieza. 
La hiciste también instrumento de
misericordia al librar a tu pueblo de la esclavitud 
y apagar su sed en el desierto; 
por los profetas la revelaste 
como signo de la nueva alianza 
que quisiste sellar con los hombres. 
Y, cuando Cristo descendió a ella en el Jordán, 
renovaste nuestra naturaleza pecadora. 
Que esta agua, Señor, avive en nosotros 
el recuerdo de nuestro bautismo 
y nos haga participar en el gozo de nuestros hermanos, 
bautizados en la Pascua. 
Por Jesucristo nuestro Señor.

R/. Amén.

Renovación de las promesas del bautismo

46. Acabado el rito del bautismo (y de la confirmación), o después de la bendición del agua, si no hubo bautismos, todos, de pie y con las velas encendidas en sus manos, renuevan las promesas del bautismo.

El sacerdote dirige a los fieles la siguiente monición u otra semejante:

Hermanos: 

Por el misterio pascual hemos sido sepultados con Cristo en el bautismo, para que vivamos una vida nueva. Por tanto, terminado el ejercicio de la Cuaresma, renovemos las promesas del santo bautismo, con las que en otro tiempo renunciamos a Satanás y a sus obras y prometimos servir fielmente a Dios, en la santa Iglesia católica. 

Así, pues:

Sacerdote: 

¿Renunciáis a Satanás?

Todos: 

Sí, renuncio.

Sacerdote: 

¿Y a todas sus obras?

Todos: 

Sí, renuncio.

Sacerdote: 

¿Y a todas sus seducciones?

Todos: 

Sí, renuncio.

________________________

O bien:

Sacerdote: 

¿Renunciáis al pecado 
para vivir en la libertad de los hijos de Dios?

Todos: 

Si, renuncio.

Sacerdote: 

¿Renunciáis a todas las seducciones del mal, 
para que no domine en vosotros el pecado?

Todos: 

Si, renuncio.

Sacerdote: 

¿Renunciáis a Satanás, padre y príncipe del pecado?

Todos: 

Si, renuncio.

________________________

O bien:

Sacerdote: 

¿Renunciáis a Satanás, esto es: 
           al pecado, como negación de Dios; 
           al mal, como signo de pecado en el mundo; 
           al error, como ofuscación de la verdad; 
           a la violencia, como contraria a la caridad; 
           al egoísmo, como falta de testimonio del amor?

Todos: 

Si, renuncio.

Sacerdote: 

¿Renunciáis a sus obras, que son: 
           vuestras envidias y odios; 
           vuestras perezas e indiferencias; 
           vuestras cobardías y complejos; 
           vuestras tristezas y desconfianzas; 
           vuestras injusticias y favoritismos; 
           vuestros materialismos y las sensualidades; 
           vuestras faltas fe, esperanza y caridad?

Todos: 

Si, renuncio.

Sacerdote: 

¿Renunciáis a todas sus seducciones, como pueden ser: 
           el creeros mejores; 
           el veros superiores; 
           el estar muy seguros de vosotros mismos; 
           el creer que ya estáis convertidos del todo; 
           el quedaros en las cosas, medios, instituciones, 
           métodos, reglamentos, y no ir a Dios?

Todos: 

Si, renuncio.

________________________

Prosigue el sacerdote: 

¿Creéis en Dios, Padre todopoderoso, 
creador del cielo y de la tierra?

Todos: 

Si, creo.

Sacerdote: 

¿Creéis en Jesucristo,
su Hijo único, nuestro Señor, 
que nació de Santa María Virgen,
murió, fue sepultado, 
resucitó de entre los muertos 
y está sentado a la derecha del Padre?

Todos: 

Sí, creo.

Sacerdote: 

¿Creéis en el Espíritu Santo, 
en la santa Iglesia católica, 
en la comunión de los santos, 
en el perdón de los pecados, 
en la resurrección de la carne 
y en la vida eterna?

Todos: 

Sí, creo.

Y el sacerdote concluye: 

Que Dios todopoderoso, 
Padre de nuestro Señor Jesucristo, 
que nos regeneró por el agua y el Espíritu Santo 
y que nos concedió la remisión de los pecados, 
nos guarde en su gracia, 
en el mismo Jesucristo nuestro Señor, 
para la vida eterna.

Todos: 

Amén.

47. El sacerdote asperja al pueblo con agua bendita, mientras todos cantan la siguiente antífona u otro canto de índole bautismal:

Vi que manaba agua
del lado derecho del templo, aleluya. 
Y habrá vida dondequiera que llegue la corriente
y cantarán: Aleluya, aleluya.

48. Mientras tanto los neófitos son conducidos a su lugar entre los fieles.

Si la bendición del agua bautismal se hizo en el presbiterio, los ministros llevan con dignidad el recipiente del agua al bautisterio.

Si no hubo bendición del agua bautismal, el agua bendita se deja en lugar conveniente.

49. Acabada la aspersión, el sacerdote vuelve a la sede, omitida la profesión de fe, dirige la oración de los fieles, en la que los neófitos participan por primera vez.


Cuarta parte
Liturgia eucarística

50. El sacerdote va al altar y comienza la liturgia eucarística, en la forma habitual.

51. Conviene que el pan y el vino sean llevados por los neófitos.

52. Oración sobre las ofrendas

Escucha, Señor, la oración de tu pueblo 
y acepta sus ofrendas, 
para que la nueva vida 
que nace de estos sacramentos pascuales 
sea, por tu gracia, 
prenda de vida eterna. 
Por Jesucristo nuestro Señor.

53. Prefacio Pascual I: El misterio pascual (en esta noche).

Si se utiliza el Canon romano, se dice Reunidos en comunión y Acepta, Señor, en tu bondad propios.

54. Antífona de comunión          1 Cor 5, 7-8

Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así pues, celebremos la Pascua, con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad. Aleluya.

55. Oración después de la comunión

Derrama, Señor, sobre nosotros 
tu espíritu de caridad, 
para que vivamos siempre unidos en tu amor 
los que hemos participado 
en un mismo sacramento pascual. 
Por Jesucristo nuestro Señor.

56. Para despedir al pueblo, el diácono, o el mismo sacerdote, dice:

Podéis ir en paz, aleluya, aleluya.
R/. Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya.

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